Hay eventos que se repiten de una manera u otra y por alguna razón no llegan a involucrarnos verdaderamente. Son la noticia de una semana y luego desaparecen de nuestros recuerdos para siempre. A veces son espectáculos como los Oscares o eventos deportivos como los Juegos Olímpicos. Otras veces son desastres naturales como terremotos, huracanes, o inundaciones.
En mi caso, fue el terremoto de Haití.
Tal vez fue que ahora soy más sensible, aunque probablemente sea que la paso todo el día enfrente de la computadora perdiendo el tiempo. En cualquier caso, viví y sentí el horror de Haití más que ningún otro desastre.
Al irme enterando de las condiciones de Haití, sentí que abajo del terremoto y de la inmensa tragedia que causó, se escondía una tragedia que era más sutil, pero no menos triste: el fracaso de todos nosotros como humanidad.
Imaginemos por un momento que no hubo terremoto, que no hubo miles de muertos y que los edificios y las instituciones siguen tal y como estaban antes del terremoto. Aún así, Haití sería un país carente de los servicios más básicos. El haitiano de antes del terremoto no tenía trabajo ni electricidad ni agua potable. Sus hijos estaban desnudos y enfermos y muriéndose de hambre. En las calles, la gente moría a cada rato. Ya sea por enfermedad o por hambre, o por violencia criminal o política. La atención médica era pobre y había sobre todos, muchos niños quemados. Había tres universidades en todo el país y la mitad de la población no sabía (ni sabe) leer ni escribir. Por si fuera poco, no hay tierra para arar y las tormentas tropicales traían su propia ola de destrucción.
Y sin embargo, ¿quién sabía todo eso? ¿Antes del terremoto, quiénes sabían siquiera donde estaba Haití y cual era su capital? ¿Quién sabía de esta vida de carencia y pobreza que llevaban?
Una de las cosas que me causaron más impacto es que en Haití se solían vender pasteles de lodo. Eran pasteles hechos de lodo que se vendían a precios baratísimos y que las madres compraban para darles a sus hijos y hacerles sentir que estaban comiendo algo. Literalmente pagaban por comer lodo.
¿Cómo una tragedia de esa magnitud puede pasar desapercibida? ¿Cómo podemos como seres humanos permitir este tipo de situaciones en otros seres humanos?
Lo que también me puso a pensar, ¿cuántos otros Haití hay en el mundo, lugares en condiciones terribles que sean una bomba de tiempo esperando estallar como Haití? Entre las cosas que me enteré es que Haití está en el país 149 de 182 países en el índice de desarrollo humano según las Naciones Unidas. ¿Significa entonces que hay otros 33 Haití donde las madres les dan panes de lodo a sus hijos para espantar el hambre? ¿Otros 33 lugares que esperan una catástrofe que cobre miles de vidas para que el mundo les preste atención?
Afortunadamente, los comentarios de personas negativas son pocos, aunque me da tristeza que uno en específico siga apareciendo una y otra vez en los foros de opinión mexicanos: el del barco que regresaron los haitianos hace unos años.
Yo creo que no se vale sacar a relucir un error del pasado, especialmente ante la magnitud de la tragedia. Primero, esa fue una decisión del gobierno de Haití y no necesariamente refleja el parecer de todos los haitianos. Es como si te detuvieran en la calle y te reclamaran que es tu culpa que Calderón subió veinte mil impuestos este año. Estoy seguro que más de un haitiano con frío hubiera querido que llegara ese barco.
Además, tomemos en cuenta tanto la ignorancia (debida a la falta de recursos) del pueblo haitiano y la cantidad de mala información que hubo sobre la epidemia de la gripe porcina en México. Inclusive en México, donde hay mucha más educación y alfabetización tenemos universitarias que leen horóscopos, imagínate un país donde sólo la mitad de la población puede leer y escribir. Inclusive recuerdo los reportes de los autobuses y carros con placas del DF apedreados en la carretera a Acapulco por miedo a que los chilangos los fuéramos a contagiar.
Tercero, no fue una decisión tan ilógica. Si tu país no tiene hospitales ni servicios médicos de calidad, ¿realmente lo querrías exponer a una pandemia que está matando a los mexicanos como moscas? Al menos esa era la imagen que parecíamos dar en las noticias de todo el mundo, como me di cuenta cuando me llegaron correos de Francia y Pakistán preguntándome si yo y mi familia estábamos bien.
Afortunadamente, la gente de todo el mundo ha demostrado, ahora sí, su humanidad ante la tragedia, y la generosidad se ve por todos lados. En la embajada de Haití en México ya no tienen lugar para poner toda la ayuda que han recibido, y en la Cruz Roja Mexicana las calles se congestionan de tantos carros que van a llevar ayuda. No hay falta de voluntarios para separar, clasificar, y empaquetar todos los víveres, medicinas, y agua que llevan. Es un espectáculo que levanta un poco el ánimo después de ver las tristes imágenes en la tele y en Internet, sobre todo cuando se piensa que ese espectáculo se repite en varios estados de la república y en varios países del mundo. Hay quienes cooperan en especie, quienes cooperan en dinero, y quienes no tienen más que sus manos y su tiempo y lo dan. Están los que hacen guardia y empaquetan y los que donan a través de Internet. Cada quien pone su granito de arena.
¿Será suficiente? No lo sé. Las necesidades de Haití son mayúsculas y la capacidad de su infraestructura para distribuir ayuda, de por sí débil, está destruida. Al final salvaremos a los que podamos salvar y morirán los que tengan que morir y tendremos que perdonarnos por haberles fallado. Yo creo que la prueba va más allá de hoy. Haití tendrá necesidad hoy y mañana y la semana que entra y el mes que entra y el año que entra y la década que entra. ¿Este desastre será la noticia de está semana y será reemplazado y olvidado la semana que entra?
¿Y qué pasará con los otros 33 Haití? ¿Dejaremos que sus niños coman pasteles de lodo? ¿Y los miles de micro Haití que hay en México, en Guerrero, en Oaxaca y otros lugares donde, ahí también, la vida no vale nada?
Espero que después de la catástrofe y la reconstrucción, los haitianos puedan por fin valerse por si mismos y crearse el destino que se merecen, igual que todos los demás pueblos. Y espero también que la situación cambie en todos los Haití del mundo antes de que se repita otro 12 de enero del 2010. Me gustaría decir que tengo la solución de cómo se lograría eso, pero la verdad es que no. Tan sólo me queda ayudar en lo que pueda.
Termino con una frase que se me ocurrió en estas fechas.
“Los rezos y los minutos de silencio son buenos. Las donaciones son aún mejores.”
No, no es cierto, termino mejor con una página de Internet donde pueden donar, así como con la dirección de la cruz roja.
Organización Desde Haití con Amor
http://www.forhaitiwithlove.org/
Dirección Cruz Roja Mexicana en el DF (en Polanco)
Juan Luis Vives No. 200. Col. Los Morales
Cuenta Bancaria Cruz Roja Mexicana.
Bancomer, cuenta 0404040406, sucursal 686.
CLABE interbancaria 012180004040404062
Esta semana, Haití me tocó el corazón. Espero que también toque tu corazón.