Una amiga gringa llegó a vivir a México hace unos cuantos meses. Como cualquier extranjero que llega a un país, tuvo que aprender a hacer las cosas de la manera local. Muchas veces esto es fácil y se puede aprender copiando lo que hacen los demás o preguntando. Sin embargo hay cosas que son tan intrínsecas de cada cultura que uno asume inconscientemente que son iguales en todo el mundo. Ella tuvo que aprender que en México tenemos el síndrome que yo llamo “el martes a las 5.¨
Todo empezó cuando fue a una tienda a encargar algo. No me acuerdo qué fue pero digamos que fue a arreglar unos zapatos. Le preguntó al encargado cuando podría pasar por ellos. La respuesta fue:
“El martes a las 5.”
Como buena gringa, sacó su agenda electrónica y apuntó que tenía que pasar a recoger los zapatos el martes a las 5 y se fue con la idea de que los zapatos iban a estar el martes a las 5.
Pues bien, regresó por sus zapatos el martes a las 5 y ¡oh, sorpresa! resulta que los zapatos no estaban listos.
“Pero sin falta están listos el viernes a las 3.”
Ella se fue creyendo que ese martes había ocurrido alguna situación extraordinaria y que a causa de ésta sus zapatos no habían quedado listos. Apuntó en su agenda que sus zapatos estarían el viernes a las tres. Inclusive puso una alarma para no llegar tarde.
Pues bien, resulta que llega el viernes a las 3 y ¡zaz! otra vez los zapatos no están listos.
Entonces, dejó de creer que el martes había sido una excepción y empezó a creer que la zapatería en cuestión era un lugar excepcional en el que el servicio no quedaba a tiempo, tal vez por ser nueva o por algo así.
Sin embargo, después se dio cuenta de que el síndrome del martes a las 5 no sólo se daba en esa zapatería, sino también en la tintorería, en la lavandería, en la ferretería, en la panadería y en casi cualquier sitio en que el trabajo se entregaba en otro día.
Otra historia, de los pocos comediantes originales que hay en México está Teo Gonzalez. No sólo es muy gracioso, sino es de los únicos cuenta chistes nuevos y no recicla los mismos que contaba Paco Stanley en los ochentas.
Pues bien, tiene un chiste donde una persona va a comprar un traje y el sastre le dice que el traje quedará listo el viernes. Regresa la persona el viernes por su traje y se sorprende de que, efectivamente, su traje está listo, a lo que el sastre le contesta:
“Está usted en México señor, y si se le dice que el viernes está listo, el viernes está listo.”
Ante esto, la mitad de la audiencia ríe y la mitad hace un “aaaaaah” de incredulidad.
Es muy buen chiste porque hace reír al mismo tiempo que critica nuestra falta de compromiso. ¿Acaso no sería genial si el martes a las 5 realmente fuera el martes a las 5?
Y no lo digo para que quedemos bien con los extranjeros. ¿No mejoraría nuestra vida propia si no tuviéramos que dar diez vueltas para el mismo encargo, si no tuviéramos que confirmar lo que ya quedamos de antemano, si no dudáramos de si alguien va a llegar o no, si pudiéramos planear un evento para 150 personas que empezara a las 3 de la tarde con la certeza de que van a llegar 150 personas a las 3 de la tarde y no 100 o 200 a las 5 de la tarde? ¿No te gustaría que si una persona te dice que puede hacer un trabajo es porque de verdad lo puede hacer, en lugar de “pus yo creía”? ¿O que el presupuesto de $14,000 que te piden para un trabajo realmente sea de $14,000 y no “es que a la mera hora se tuvo que comprar más material”?
No creo que sea tan difícil cumplir nuestra palabra. Bueno, de hecho sí. Sí es difícil porque por años hemos vivido y fomentado una cultura donde nuestra palabra es flexible y cambiante, donde se acepta mejor un “a ver” que un “no puedo” o un “no quiero,” donde cambiamos nuestros compromisos según nos afecten las circunstancias en lugar de cambiar las circunstancias para respetar nuestros compromisos.
Yo creo que la solución es en la toma de conciencia de las consecuencias de nuestros actos para con otros. Parece un concepto fácil pero es difícil de grabar.
Te invito a que te quites el síndrome del martes a las 5. Tal vez no cambies a México pero cambiarás tú y afectaras positivamente a la gente que está a tu alrededor. Y si tienes hijos, te invito a que les inculques una vida sin el síndrome del martes a las 5, porque ellos sí pueden cambiar a México.
PD. Además del síndrome del martes a las 5, mi amiga gringa descubrió que en México “en dos semanas” significa “no lo tenemos.”