Por andar comiendo fritangas y palomitas con frusti de piña, tuve un sueño raro hace un par de días.
Soñé que era un mexicano trabajando en Arizona, con papeles y todo, pero para protestar por la ley que permite, digo, obliga a los policías a pedirte papeles si eres morenito, me regresé a México.
Llegando a México, me puse a buscar trabajo y conseguí una entrevista. Al entrar a la empresa, vi que todos los hombres se me quedaban viendo, pero del cuello para abajo. Cuando entré y me senté en la oficina con la persona que me iba a entrevistar, me di cuenta porqué. Me había convertido en mujer!
“Qué bonitas piernas guapilla,” me dijo el que me estaba entrevistando, “pero no te puedo contratar porque para este puesto necesitamos a un hombre. Pero bueno, como eres mujer, por ahí has de tener un novio o un esposo que te ayude, dale algo que le guste y estoy seguro que te apoyará.”
Salí muy enojada de la entrevista, en medio de chiflidos y guarreces de los que trabajaban ahí. Afortunadamente, tenía otra entrevista ese día, y por alguna razón en esta sí querían contratar a una mujer.
La segunda entrevista, fue casi tan corta y humillante como la primera. “Disculpa, qué no sabes leer?” me dijo la gerente de recursos humanos. “El anuncio decía claramente que para el puesto de recepcionista estamos buscando chavas altas y de tez blanca para que den una buena impresión.” Y es que además de ser de piel morena, en mi nuevo cuerpo de mujer medía 1.58. El hecho de que me lo dijera otra mujer hizo que me sintiera aún peor.
Salí muy decepcionada y triste sin saber que hacer, cuando en eso suena mi celular. Era mi novia (ahí me di cuenta que también era lesbiana). “Mi amor, qué crees? Alguien le fue con el chisme a mi papá de nuestra relación y dice que nos va a quitar el departamento por degeneradas. Y ahora, dónde vamos a vivir?”
Le dije que no se preocupara, que algo se nos ocurriría, que el día había sido pésimo para las dos y que mejor nos fuéramos a tomar algo para relajarnos y que mañana sería otro día. Nos quedamos de ver en un bar de la zona rosa.
Me metí al metro y me di cuenta que cada paso me costaba mucho trabajo, y es que me hacía falta una pierna! Y ahora tenía que usar muletas! Bajar las escaleras, hacer dos cambios de línea y salir fue un infierno. Además de que en los vagones, los asientos para minusválidos ya estaban ocupados por personas que estaban perfectamente bien, y que ni se inmutaron cuando me acerqué. Y los elevadores para minusválidos estaban inactivos o de plano vandalizados.
Llegamos al bar, y a pesar de que no había nadie más en la entrada, no nos dejaron pasar por no estar bien vestidas. Cuando le señalé al de la puerta el letrero que tenían que decía que en ese establecimiento no discriminaban a nadie, me contestó “es un evento privado.”
En eso, llegaron tres chavas güeras y altas, que obviamente estaban buscando cualquier antro y las dejaron pasar. Cuando protesté por esto me dijeron “es que ellas traían reservación.”
Al final, junte todos mis ahorritos y me regresé a Arizona, al menos ahí nada más me discriminan por ser de piel morena.
Fue ahí cuando me desperté, “uf, fue sólo un sueño, lo bueno que ese tipo de cosas no son reales,” me dije y me acabé las palomitas que quedaban.
Puff… qué bueno que nomás fué un sueño!!
Y todavía faltó que además de todo lo ocurrido, tuviera más de 30 años, embarazada y con estudios de la UNAM…
Tienes razón. Me falto lo de “universidad particular” y “rucas de 30 ni pierdan su tiempo” y “sin hijos.”